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Me gustaría que fuesen conscientes de que vigilarnos es inútil. Su policía –que debería ser nuestra, pues para eso les pagamos el sueldo- no tiene nada que hacer en los acontecimientos que estamos viviendo. No tenemos nada que ocultar. Nuestras convocatorias, además de pacíficas, son públicas.
Ahora somos nosotros, en cambio, quienes les vigilamos a ustedes. Si tuvieran dos dedos de frente se habrían dado cuenta ya. Disponemos de miles de cámaras, teléfonos móviles, ordenadores, estamos en todas las ciudades y conectados en todo momento. Somos miles, muchos miles rastreando la red, denunciando, demostrando y desmontando su juego sucio; en una palabra: debilitándoles.
Sigan manipulando el lenguaje al más propio estilo de la vieja escuela. Llámennos cómo quieran: antisistemas, violentos, incluso terroristas, lo que les dé la gana. A cada intento que han llevado a cabo para desacreditarnos han quedado en ridículo. Por si no han reparado en ello, el movimiento se fortalece gracias a vuestras actuaciones represivas, que lo único que están consiguiendo es demostrar lo acertado de nuestras reivindicaciones.
A los que hemos salido a la calle la razón y la decencia nos amparan. Está históricamente demostrado que a todos los imperios les llega su fin, y el suyo, les guste o no, no será la excepción que confirme la regla. Porque en esta regla, afortunadamente, no hay excepciones.
Ya sabes que soy un hombre lleno de efemérides, que entre las fechas y yo siempre ha existido una complicidad especial. Es por eso que estas semanas conmemoro el primer aniversario de tu ausencia. “Tu ausencia absoluta”, como dije entonces.
Es curioso como esta a veces parece afinar nuestros sentidos, o nos hace tomar conciencia de ciertas percepciones.
Hace dos días, sin ir más lejos, te vi en el aeropuerto de Stanted, justo delante de mí en la cola para embarcar al avión. Había algo en su gesto, en la disposición de sus labios, en su mirada… Se daba un aire a ti, solo un aire, pero el aire a veces te hace evocar más profundamente a la otra persona, más que un verdadero parecido.
Es una sensación extraña y al tiempo bastante familiar. Por un lado es como si me encontrase nuevamente contigo, como si este echarte de menos buscase alivio en rostros desconocidos que me apropio y a los que les atribuyo tu nombre; es como si lo irreversible presentara alguna fisura por la que pudieras escapar y volver, aunque solo fuese durante unos segundos o unos minutos. Por otro lado, esa misma fantasía es la que me hace enfrentarme a la realidad, al hecho irrefutable de que la muerte es la entropía elevada a su máxima potencia y que, una vez traspasadas sus puertas, no hay regreso posible.
Te echo de menos. Aún recuerdo la noche que me enseñaste a decirlo en tu lengua materna: “Tu me manques”, “tú me faltas”. Y es que se trata exactamente de eso:
Salí de mi tierra hace unos años. La abandoné, pero entonces yo aún no lo sabía, lo ignoraba por completo. Me alejé de su luz siempre infinita, del cielo imposible de sus calles, sin saber que emigraba.
No, no soy uno de esos tantos españoles que están vaciando España, silenciosamente, en busca de nuevas oportunidades en tierras con lengua extranjera. Yo pertenezco a otros. Pertenezco a aquellos que llegamos un poco antes de que todo esto empezara, los que hicimos una maleta pequeña sin saber del peligro que se avecinaba y que, una vez fuera, nos encontramos con la puerta cerrándose a nuestras espaldas. Soy de esos que ahora no podemos volver.
Me preocupaban las noticias desde España, y más aún me preocupaban las no-noticias, el silencio aterrador de la nada, de la sumisión de un pueblo que estaba llegando a humillarse a sí mismo con tanto doblegarse ante los abusos de un gobierno inexistente; un gobierno que no nos representa, como tampoco nos representaba el anterior, y que se han limitado a obedecer a aquellos otros que no son el pueblo, los que ven números en vez de personas, los que se acomodan entre gráficas y balances contables mientras juegan al Monopoly sobre un tablero de seres humanos.
A partir de cierto momento la culpa de lo que estaba sucediendo en España ya no era solo de políticos, banqueros y pseudosindicalistas -traidores de la clase obrera-. Si el pueblo no acababa reaccionando algún día, si la juventud no hacía honor a su condición, seríamos cómplices y merecedores de nuestra propia miseria. Llegué a sentir vergüenza, lo admito, y no me enorgullezco de ello. Llegué a sentir vergüenza, llegué a declararlo con los ojos llenos de rabia, y eso, quienes me conocen, lo saben muy bien.
Ahora, en cambio, llegan noticias llenas de esperanza, de lucha, de ilusión por el cambio. Al menos, aquellos que abogamos por el pensamiento crítico y por un mundo justo, sabemos que no estamos solos, que somos muchos y, desde Edimburgo, hemos recibido esas noticias como agua de Mayo. Cuando nos encontramos, no dejamos de comentar las novedades y, antes o después, se nos iluminan los ojos hablando de la Puerta del Sol. La llevamos dentro, todos desearíamos poder estar allí ahora mismo. Por eso hemos decidido actuar y hacerles llegar todo nuestro apoyo. Emociona también saber de las asambleas que están teniendo lugar allí; las asambleas, que son la verdadera, maravillosa e indescriptible voz del pueblo, su expresión, su voluntad. Nuestra voluntad.
Para los que tenemos una visión poética de las cosas, incluso del día a día que nos alimenta, no es casualidad que el centro gravitatorio de este movimiento se sitúe, precisamente, en esa plaza. Kilómetro cero, comienzo de todos los caminos posibles, de todos los caminos por recorrer, y lo que es mejor aún, de todos los caminos por construir. La Puerta del Sol, el Sol con su luz natural y poderosa alcanzando cada rincón de nuestro planeta y ayudándonos a despertar a todos los que aún no habíamos roto el silencio. Y aquí estamos ahora, con el pecho rebosante de futuro y dando las gracias por lo que está sucediendo.
Y es que ya no era sólo cuestión de luchar por el cambio, se trataba además de una cuestión de dignidad. La que por fin estamos empezando a recuperar.
Estos días he recibido con bastante alegría la convocatoria de las manifestaciones que tendrán lugar mañana, 15 de Mayo, a las 6 de la tarde, y en las que a lo largo y ancho del país se recordará a la clase política que somos seres humanos, que no somos mercancía en manos de políticos y banqueros, y que estamos hartos de tanta corrupción.
No obstante, debo decir que a pesar de mi alegría, la convocatoria se me antoja un poco descafeinada, no va directa a la raíz. Aunque podría ser un buen comienzo, soy de la opinión de que debería ir más allá en sus exigencias. Me explico: el listado de medidas propuestas en la página web de la plataforma “Democracia Real Ya” me parece acertado. Lo que no me cuadra del todo es que se intentaría presionar a una clase política que ya está corrupta para, al menos así lo he entendido yo, negociar después con ella y así mejorar el país.
Bien, aquí debo decir que con gentuza no se negocia. A la gentuza se la expulsa, o se la encarcela por el daño que le ha hecho al país, pero no se negocia con ella. Tuvieron su oportunidad de hacer bien las cosas, tuvieron su oportunidad de negociar en muchas ocasiones, y la desaprovecharon. Ahora deberían pagar por ello, tanto políticos como banqueros. Y por ahí deberíamos empezar.
De todas formas, no quiero que nadie me malinterprete. He recibido esta convocatoria como agua de Mayo, y animo a todos a que mañana toméis las calles, que las ocupéis; a no ser que ya habitéis en ellas por cortesía de algún banco.