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¿Nunca les ha pasado que, teniendo una película en vídeo (en el formato que fuese), la han vuelto a ver en televisión?
No sé a ustedes, pero a mí sí. Tengo la película ahí, bien a mano, la puedo ver cuando me apetezca. Entonces, ¿por qué en alguna ocasión me he alegrado de encontrarla en la tele y me he quedado a verla? Solo se me ocurre lo siguiente:
Se me ocurre que cuando vemos una película en vídeo todo sucede en la más estricta intimidad. Nosotros la elegimos, nosotros la ponemos, nosotros la vemos. Punto. En cambio, cuando la emiten por televisión, nos convertimos en espectadores, en parte de un público compuesto por miles o millones de personas que están participando de un mismo evento, un evento público al que asistimos aunque sea desde la intimidad de nuestro hogar, en pijama, con las babuchas puestas o tirados en el sofá. Es una opción en la que estamos conectados con más gente y, especialmente, con un canal televisivo que ha reconocido oficialmente nuestros gustos personales al incluirlos en su programación. Ese sería, posiblemente, otro factor: una “institución” – nada menos que la tele- ha parecido tener en cuenta nuestras preferencias. Y nos sentimos reconocidos.
También es posible que lo que acabo de escribir no sea más que ganas de buscarle tres pies al gato y que todo quede en algo tan sencillo como un simple “poyaque”: po ya que la están poniendo, voy a verla. Y todo parece perfecto hasta que, inesperadamente, sufrimos un episodio de lo que ha venido a conocerse como “amnesia publicitaria”, ese momento mágico en el que todos hemos pensado alguna vez: ¿Qué coño era lo que estaba viendo?
A ver si alguien me ayuda a resolver el siguiente misterio:
Yo vi esta actuacion en directo, retransmitida por television. Recuerdo que los comentaristas dijeron que la intencion de Mike Oldfield era terminar exactamente unos segundos antes de las 10:00 para que sonasen las campanadas del Big Ben.
Por lo que recuerdo, finalmente se retraso unos segundos y no lo consiguio. La camara enfoco a la torre, pero las campanadas no sonaron porque ya lo habian hecho mientras los musicos aun tocaban.
Ahora veo este video, perteneciente a esa misma actuacion, y parece que si lo consiguio.
Opciones que se me ocurren:
1.- Lo han montado para el DVD.
2.- Mike Oldfield ha viajado en el tiempo y lo ha intentado otra vez.
3.- Lo consiguio, pero en directo por television no se pudieron percibir las campanadas (mmm...)
4.- Lo recuerdo mal.
En mi casa grabamos la retransmision en video. Sera cuestion de buscarla. Si aun existe...
El jueves se cumplieron ochenta años de la instauración de la Segunda República Española, efeméride que ha venido a servir para que muchos la reivindiquen nuevamente a través de diferentes actos e iniciativas. Por mi parte, diré que simpatizo con la causa, pero solo de un modo parcial. Aunque rechazo el enfoque paternalista de la monarquía, la república tampoco me acaba de convencer. No comulgo con la idea de que deleguemos el poder en manos de unos pocos, incluso cuando esos pocos hayan sido elegidos mediante sufragio universal.
La cuestión, hoy día, no creo que sea plantearse la república como una alternativa. Una república no sería más que un nuevo recipiente para alojar la misma mierda que nos salpica desde hace tiempo. Ya no mandan ni reyes ni políticos. Gobernar se ha convertido en seguir al pie de la letra las directrices del mercado -ese es un aspecto que, ahora con la crisis, ha resultado más que evidente-. ¿Qué sentido tiene entonces una república en un contexto donde los gobernantes prácticamente no gobiernan, y que cuando lo hacen es de espaldas al pueblo y faltando a la confianza que en ellos se había depositado?
Ya va siendo hora de aspirar a más, de no conformarnos con debates cerrados y simplistas que se limitan a contemplar solo dos opciones (monarquía vs república). Hay que ampliar el abanico de posibilidades y discutir seriamente sobre otras alternativas. Y si no se encuentran, buscarlas.
Para mí, la pregunta sobre la que centraría el debate, sería: ¿Para cuándo la emancipación del pueblo? La verdadera, quiero decir.